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14 de septiembre: Exaltación de la Santa Cruz

La cruz, signo positivo si lo llevamos sobrenaturalmente

La señal del cristiano es para muchos signo de contradicción, ya que sin fe lo que encontraría sería una pesada carga. Cuenta una historia de un alma que pedía que le quiten su cruz y que se le permitió ingresar en un campo de cruces con la opción de cambiarla por otra. Dejó en la entrada la suya y comenzó a mirar las cruces: «la cruz de la soledad, no la quiero», dijo. «La cruz de la indiferencia, no tampoco»; «la cruz de la enfermedad, ni pensarlo». Así fue paseándose por el campo donde encontró: calumnias, tristezas, y al final ya casi en la salida encontró una que le gustó, así que se la llevó. No reconoció que era la suya que había dejado a la entrada. La cruz que llevamos sobre los hombros es la que mejor nos viene y si la llevamos con fe no pesa, pues la lleva Jesús.

El misterio de la cruz de Cristo y con ello el sentido cristiano del sufrimiento, se iluminan al considerar que es el Espíritu Santo el que nos une en el Cuerpo místico (la Iglesia). Hasta el punto de que cada cristiano debería llegar algún día a decir: «Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo, en beneficio de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24). Y esto, para acompañar al Señor en su profunda y total solidaridad que le llevó a morir por nosotros, en reparación y expiación por los pecados de todas las personas de todos los tiempos.

“Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito” (Benedicto XVI, enc. Spe salvi, 37).

Hace dos años, en la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz, y en su homilía de Santa Marta (14-IX-2018), decía Francisco que la cruz nos enseña esto, que en la vida hay fracaso y victoria. Debemos ser capaces de tolerar y soportar pacientemente las derrotas. Incluso las que corresponden a nuestros pecados, porque Él pagó por nosotros. “Tolerarlas en Él, pedir perdón en Él” pero nunca dejarse seducir por ese perro encadenado que es el demonio. Y nos aconsejaba que, en casa, tranquilos, nos tomáramos 5, 10, 15 minutos delante de un crucifijo, tal vez el pequeño crucifijo del rosario: mirarlo, porque, ciertamente, es un signo de derrota que provoca persecuciones, pero también es “nuestro signo de victoria porque Dios ha ganado allí”. Así podremos convertir las derrotas (nuestras) en las victorias (de Dios).

P. Carlos Ayala, rector de la Iglesia San Josemaría

Nota extraída del boletín informativo de septiembre. Para acceder a todo el boletín, haz click aquí.

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