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Participación de los católicos en la vida pública

San Pablo concluyó su Epístola a los Filipenses con estas expresivas palabras: «También os saludan todos los santos, en especial los de la casa del César». ¿Quiénes eran esos cristianos de la casa del César? Según autorizados comentarios, serían funcionarios, empleados de la administración imperial, unos cristianos dedicados a los asuntos públicos.

La vida de la primera cristiandad, al mismo tiempo que vivían su fe también ejercían sus actividades en la sociedad y muchos de ellos fueron reyes o príncipes que gobernaron con la Ley civil y la Ley Evangélica. Por ejemplo el Lord Canciller de Inglaterra en la época del Rey Enrique VIII, Sir Tomás Moro, quien por defender la ley del matrimonio fue degollado públicamente. Siempre han aparecido las secuelas del pecado original en todas las épocas, pero los gobernantes o los ciudadanos corrientes ejercían sus creencias en la vida ordinaria. San Josemaría, el santo de lo ordinario habló sobre el trabajo ordinario, camino para la unión con Dios. En otras palabras vivir cara a Dios y cara los hombres.

En democracia todos debemos ser responsables. “Pero de los asuntos públicos se ocupan también todos los ciudadanos en una democracia a través de los diferentes modos por los cuales eligen a los gobernantes y se aprueban leyes o se toman decisiones de gobierno: las elecciones, los plebiscitos y los referendums. No sólo los gobernantes sino todo el pueblo ejerce funciones políticas. “(Javier Hervada, LA PARTICIPACIÓN DEL CRISTIANO EN LA VIDA PÚBLICA*, passim)

¿Por qué el deber de participar?
En primer lugar hemos de hablar de un deber, porque los cristianos están llamados a santificar todas las realidades terrenas, gestionando y ordenando según Dios los asuntos temporales. Es una vocación divina, un mandato imperativo de Cristo en palabras de Camino2, que procede del carácter bautismal. (ibidem.)

«No podemos cruzarnos de brazos, cuando una sutil persecución condena a la Iglesia a morir de hambre, relegándola fuera de la vida pública y, sobre todo, impidiéndole intervenir en la educación, en la cultura, en la vida familiar. No son derechos nuestros: son de Dios, y a nosotros, los católicos, Él los ha confiado… ¡para que los ejercitemos!»;(Escrivá de Balaguer,Surco, n, 310).

Y el Catecismo de la Iglesia, nos recuerda que dentro de las obligaciones del cuarto mandamiento esta el amor a la Patria. Tenemos que ayudar a crear una sociedad mejor con nuestra responsable participación en la elección de nuestros gobernantes.

Padre Carlos Ayala, rector Iglesia San Josemaría

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