Hay una frase en este Evangelio que realmente incomoda; de hecho, puede ser tranquilamente una de las más difíciles de digerir: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí».
La primera reacción, casi inevitable, es preguntarnos: ¿Y quién se cree Jesús? ¿Cómo puede un hombre pedir algo que nadie más tiene derecho a exigir? Ni siquiera un esposo podría decirle a su mujer: «ámame más que a tus hijos» sin ganarse, como mínimo, un buen chancletazo. Del mismo modo, sería ridículo que unos padres exigieran a sus hijos: «quiérenos más que a Dios». Nadie tiene derecho a ocupar el centro absoluto del corazón humano.
Esto nos lleva a una segunda cuestión: ¿Se puede mandar a amar? Vivimos en una sociedad donde se valora lo espontáneo. El amor tiene que nacer de forma natural; no se puede ordenar. Nadie puede decirte: «A partir de mañana, enamórate de esta persona», porque el amor surge por atracción, por el descubrimiento del bien y por la experiencia de sentirse amado.
Entonces, ¿qué está haciendo Jesús? ¿Nos está imponiendo un sentimiento? No. Lo que está haciendo es revelar quién es Él.
Si Jesús fuera simplemente un maestro de moral o un gurú, estas palabras serían una exageración intolerable, incluso una forma de idolatría. Pero Jesús aquí habla como Dios. Y solamente Dios puede reclamar el primer lugar en el corazón del hombre.
Dios como la fuente de todo bien
¿Y por qué tenemos que amar a Dios? Los santos nos ofrecen una respuesta sorprendentemente sencilla: no empezamos amando a Dios porque Él nos lo mande, sino porque todo lo hemos recibido de Él.
Santa Catalina de Siena escuchó una vez del Señor estas palabras: «Yo soy el que soy, y tú eres la que no es». Nuestra existencia entera es un regalo; no nos hemos dado la vida a nosotros mismos, no elegimos nacer, y cada respiración, cada destello de inteligencia, cada afecto y cada persona que amamos ha sido primero un don. San Agustín lo resumió en su frase inmortal de las Confesiones: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
Como dice San Juan, nosotros amamos porque Él nos amó primero. Este no es un amor impuesto, es una respuesta.
Santo Tomás de Aquino explica que todo amor tiene un orden. Amamos muchas cosas buenas —a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestros amigos—, pero todas ellas son bienes recibidos. Dios, en cambio, no es un bien recibido: es el Bien del cual proceden todos los demás bienes. Es como el sol respecto a la luz; nadie ama la luz despreciando al sol, porque sin el sol la luz no existiría. Cuando Dios ocupa el primer lugar, todo lo demás encuentra su sitio verdadero.
Los santos entendían esto a la perfección:
- Los mártires estuvieron dispuestos a dar su vida no porque despreciaran a sus familias o a la vida misma, sino porque sabían que perder a Cristo era perderlo todo.
- San Policarpo, ya anciano, cuando le pidieron negar a Cristo para salvarse, respondió: «Hace 86 años que le sirvo y nunca me ha hecho ningún mal. ¿Cómo voy a blasfemar contra mi Rey que me salvó?».
- San Maximiliano Kolbe en Auschwitz ofreció su vida a cambio de la de un padre de familia porque el amor de Cristo había transformado por completo su manera de amar: ya no vivía para sí mismo, sino para Cristo.
Por eso Santa Teresa de Jesús decía: «Solo Dios basta». No porque los demás no importaran, sino porque cuando Dios llena el corazón, uno aprende a amar mejor.
La imagen del eje: Imaginemos una rueda. El centro es el eje y los radios son el esposo, la esposa, los hijos, los amigos, el trabajo. Si quitamos el eje, toda la rueda colapsa. Dios no compite con nuestros afectos; es el centro que los mantiene unidos. Jesús no nos pide que queramos menos a nuestra familia, sino que lo pongamos a Él primero para poder amarla de verdad.
Por lo tanto, la pregunta inicial cambia. Ya no es «¿Quién se cree Jesús?», sino «¿Quién es Jesús para pedirme esto?». La respuesta es clara: es el Hijo de Dios, el Señor de la vida, aquel de quien lo hemos recibido todo.
La cruz como el examen del amor
Jesús no se detiene ahí, sino que añade inmediatamente: «El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí». No está cambiando de tema; está explicando cómo se aprende a amar a Dios.
Amar no consiste en sentir. Aunque Dios concede a veces sensaciones hermosísimas de su presencia a algunas personas, el amor se demuestra en la preferencia. Una madre que se levanta de madrugada a cuidar a su hijo enfermo no lo hace porque le resulte agradable, sino porque prefiere el bien de su hijo; lo ama. El amor verdadero siempre lleva consigo una cruz.
Por eso Jesús une ambas ideas: la primacía del amor y la cruz. La cruz es el examen del amor. Mientras todo va bien, es fácil decir que creemos. Pero cuando llega el sufrimiento, la enfermedad, la incomprensión o el fracaso, aparece la gran pregunta: ¿Amo a Dios por lo que me da, o lo amo por quien es Él?
Todo judío piadoso comenzaba sus mañanas rezando el Shemá Israel (Deuteronomio): «Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». Este no era un mandamiento más; era el primero de todos. Recordaba que la vocación más grande del hombre es aprender a amar a Dios. No existe carrera más importante ni éxito mayor, porque de ese amor depende la vida entera.
Toda nuestra existencia es, en realidad, una escuela para aprender a amar. Cuando vemos a unos padres enseñar a sus hijos pequeños a hacer la genuflexión en la iglesia, entendemos que lo más grande que les van a dejar en herencia es su amor a Dios. La familia, el trabajo, las alegrías y los sufrimientos tienen un mismo propósito: ser el escenario donde Dios nos enseña a amar. Como decía San Juan de la Cruz: «Al atardecer de la vida, serás examinado en el amor». No nos preguntarán por el dinero, los títulos o los seguidores, sino: «¿Aprendiste a amarme a mí y a tus hermanos?».
Aquí se entiende la paradoja de Jesús. Quien pone a Dios en el centro ama más y mejor a su esposa, a sus hijos y a sus padres, porque deja de poseerlos, deja de convertirlos en ídolos y los ama con la libertad con la que Dios mismo los ama. A esto se refería San Agustín con su célebre frase: «Ama a Dios y haz lo que quieras». Quien ama verdaderamente a Dios ya ha encontrado el orden correcto para todos sus demás amores.
Nuestro proyecto de vida
Imaginemos un trozo de hierro cerca del fuego. Si lo acercamos solo unos segundos, apenas se calienta; pero si permanece en el fuego durante mucho tiempo, termina poniéndose incandescente y comienza a transmitir calor.
Lo mismo ocurre con el cristiano. Nos pasamos la vida intentando aprender a amar, pero el amor no nace de nuestras propias fuerzas, sino de permanecer cerca de Cristo, que es el verdadero fuego. Cuando estamos unidos a Él, empezamos a amar como Él ama. Por eso, la primera misión de nuestra vida no es hacer cosas extraordinarias, sino dejar que Cristo transforme nuestro corazón.
Jesús no viene a competir con nuestros afectos; viene a ordenarlos. No viene a quitarnos a nuestra familia; viene a enseñarnos a amarla con el mismo amor de Dios.
Esta semana podríamos hacernos una sola pregunta, muy sencilla pero muy exigente: ¿Cuál es el proyecto principal de mi vida? ¿Ganar más? ¿Tener éxito? ¿Que mis hijos salgan adelante? Todo eso es bueno, pero el único proyecto que permanece para la eternidad es aprender a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas tus fuerzas. Ese es el Shemá Israel y la única razón por la que hemos sido creados. Todo lo demás desaparecerá, pero el amor permanecerá.