Hoy celebramos con alegría la memoria del Beato Álvaro del Portillo, una figura clave en la historia de la Iglesia contemporánea y el primer sucesor de San Josemaría Escrivá al frente del Opus Dei. Su vida es un testimonio luminoso de cómo la santidad se construye en lo cotidiano, con una sonrisa y un corazón entregado a Dios.
Un camino de santidad en lo ordinario
Incorporado al Opus Dei en 1935, Don Álvaro (como cariñosamente se le conoce) encarnó a la perfección el espíritu de santificar el trabajo y los deberes diarios. Su labor apostólica comenzó entre sus compañeros de estudio y colegas, demostrando que la fe no está separada de la vida profesional.
Pronto se convirtió en el apoyo más firme de San Josemaría, permaneciendo a su lado durante casi cuarenta años como su colaborador más cercano. Su ordenación sacerdotal en 1944 marcó el inicio de una entrega total al ministerio pastoral y al servicio de todas las almas.
Un pilar para la Iglesia Universal
Su servicio no se limitó a la Prelatura; su amor a la Iglesia lo llevó a Roma, donde desempeñó roles fundamentales:
- Consultor de la Santa Sede: Trabajó en diversos dicasterios de la Curia Romana.
- Concilio Vaticano II: Tuvo una participación activa y determinante en este evento histórico para la Iglesia.
- Primer Prelado: En 1982, San Juan Pablo II lo nombró Prelado del Opus Dei y, años más tarde, le confirió la ordenación episcopal.
"Su lema episcopal, ¡Regnare Christum volumus! (¡Queremos que Cristo reine!), fue el motor de una vida dedicada a ganar almas para Dios a través de la caridad y la sencillez."
Retrato de un alma fiel
Quienes lo conocieron destacan su serenidad, buen humor y profunda humildad. Su gobierno se caracterizó por una fidelidad inquebrantable al mensaje del Fundador y una comunión total con el Papa y los Obispos. Su fuerza espiritual nacía de una oración constante, la Eucaristía y una tierna devoción a la Santísima Virgen.
Sus últimos días y legado
El Señor llamó a este "siervo bueno y fiel" en la madrugada del 23 de marzo de 1994, apenas horas después de regresar de una peregrinación a Tierra Santa. Su última Misa la celebró, significativamente, en el Cenáculo de Jerusalén.
Hoy, sus restos reposan en la Iglesia Prelaticia de Santa María de la Paz en Roma, donde miles de personas acuden a pedir su intercesión. Fue beatificado en Madrid el 27 de septiembre de 2014.