Ir al contenido

Date un respiro 

Aquí encontrarás, cada mes, una breve reflexión para leer o escuchar con calma, una pregunta para llevar al Santísimo y un pequeño compromiso que ayude a hacer vida lo que el Señor va mostrando. 

No se trata solo de contenido, sino de una oportunidad para orar, abrir el corazón y escuchar a Dios en lo cotidiano.

Escucha la homilía completa aquí 

Hermanos, les hago una pregunta muy sencilla, cuántas cosas ha hecho Dios en tu vida, que ya olvidaste momentos difíciles, situaciones que parecían imposibles.

Temas laborales que no tenían salida, enfermedades de todo.

¿Y saliste adelante, milagro o coincidencia? 

Jesús hoy nos dice algo muy fuerte, nos dice, si no creen en mí, crean por las obras. Mira lo que yo he hecho en tu vida, vamos a hacer algo ahora en silencio, piensa unos segundos.

¿Qué ha hecho Dios en tu vida? Una enfermedad superada, una crisis que no te destruyó. Alguien que apareció justo a tiempo, quedarte embarazada cuando era imposible que lo hagas, ese conseguir lo que te faltaba.

Bueno, todo eso no es suerte. Todo eso son obras de Dios, son verdaderamente obras de Dios y en medio de eso, Jesús dice 3 cosas que son claves, aquí yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.

Vamos uno por uno, yo soy el Camino, Jesús no dice, bueno, te voy a explicar el camino, ¿no?

Para llegar a lo que tienes que hacer es ir hasta allá, girar como el que da geográficamente una ubicación, no, Él dice, yo soy el Camino, yo estoy al lado tuyo. Esto no es una teoría, ésto es una relación.

¿Cuando no sabes qué hacer, a quién sigues realmente? San Josemaría decía, encuentra a Cristo en la vida ordinaria y podemos tener una traducción sencilla de esto. Tu camino a Dios es tu vida diaria, es tu trabajo, es tu familia, son tus luchas.

Ahí está Cristo, pero el Señor va más allá, dice Cristo: La Verdad Absoluta y la Vida Plena. 

Yo soy la verdad.

Es un contraste con el mundo actual, en donde todos dicen, bueno, cada uno tiene su verdad, vamos a ser tolerantes. Pero Jesús no dice eso, Yo, dice, yo soy la Verdad. No una idea, una persona viva.

¿Vives en la Verdad o en lo que te conviene?

Y San Josemaría también insistía: coherencia. Claro, no puedes decir, creo en Dios y vivir como si no existiera, creo en Dios, pero no pago impuestos, pago mal los salarios, pago el mínimo. Siempre que puedo saco ventaja en las discusiones. Siempre soy el que gana. No vino para que sobrevivieras, por eso esta tercera parte es yo soy la Vida 

Vino a dar vida, vino a que vivas y eso se nota.

Se nota en tu alegría, en si tienes paz, en si tienes amor y aquí te pregunto, Tu fe te da vida. ¿O tu fe te pesa?

Me pesa porque me obliga a hacer algunas cosas que no me gustan porque mi tendencia natural sería otra.

Tu fe te da vida o te pesa, porque si eres un hombre triste, una mujer triste quiere decir que no te sirve tanto tu fe. Que no estás encontrando a Cristo como Camino, Verdad y Vida, o que estás encontrándote con algo que no es propiamente Cristo, porque un cristiano no puede ser triste.

Pues por eso aquí volvemos al punto central, que es creer por las obras y convertirnos en su obra

Déjame contarte algo real, esto pasó hace algún tiempo. Conocí a una persona que pasó por un momento muy duro en su vida, perdió el trabajo y tenía problemas en su familia, una enfermedad, que no sabía qué exactamente le pasaba,  exámenes y exámenes.

Y luego conversando con él, alguna vez me llegó a decir directamente esto: Dios se olvidó de mí, Dios se olvidó de mí.

Y de hecho, es como si él hubiera decidido olvidarse también de Dios. Dejó de rezar, dejó de ir a misa, se cerró completamente, pero un día que tenía esa desazón interna entró en una iglesia sin muchas ganas, pero se sentó al fondo y empezó a pensar, a ver:

¿Qué ha hecho Dios en mi vida?

Y comenzó a recordar él mismo, una vez que salió de una enfermedad, una persona que le ayudó sin que nadie se lo haya pedido. Una oportunidad que apareció de la nada, un sentimiento de sentirse escuchado, claro, y en eso contaba él que le vino como una frase al corazón que decía, no me olvidé de ti, tú te olvidaste de lo que te hice, tú te olvidaste de lo que hice por ti y estoy seguro, ese día no se resolvieron todos sus problemas, pero volvió a creer.

Crean en las obras, a ti te está pasando lo mismo, no es que Dios esté durmiendo.

¿Es que olvidaste sus obras?, ¿Es que hay que volver a conectar?, Cree por las obras, o sea, haz memoria, escribe 3 cosas que ha hecho Dios en tu vida. Recuérdalas cuando dudes, agradécelas siempre porque la fe crece cuando recuerdas.

Ahora Jesús, en este evangelio da un paso más todavía y dice, el que cree en mí hará obras todavía mayores, que a mí me parece que es bastante redondo porque tú puedes ser obra en la vida de alguien, o sea, con algo sencillo.

Tú puedes ser justamente ese milagro que alguien está esperando.

A través de una llamada, a través de un perdón, a través de quitar el resentimiento y volver a conectar con esa persona que amas, pero que estás resentido a través de un gesto de amor, con lo cual hoy Jesús te dice, no te olvides de lo que yo he hecho en tu vida.

Camina conmigo, sé mi obra para otros.

Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Tal vez el milagro que estás esperando ya ocurrió, pero te olvidaste. Vamos a pedirle al Señor que nos haga acuerdo.

Que volvamos a conectar y que le sigamos siempre como eso, como Camino, Verdad y Vida, 


Pregunta para llevar a la oración

¿Qué obras de Dios en mi vida he olvidado, y cómo puedo volver a reconocerlo hoy como mi Camino, mi Verdad y mi Vida?

Compromiso

Esta semana voy a escribir tres cosas concretas que Dios ha hecho en mi vida, agradecerlas en la oración y buscar ser “obra de Dios” para alguien más a través de un gesto concreto: una llamada, un perdón, una ayuda o una palabra de ánimo.

Escucha la homilía completa aquí 

Hoy tenemos este magnífico Evangelio que nos ayuda a darnos cuenta de que Dios nos busca en el dolor y le da sentido. El relato de los discípulos de Emaús nos muestra algo muy humano: dos personas que no pueden más. Se van, se alejan, se desconectan; ya no quieren nada más porque ya no pueden más.

Están tristes, desorientados y sin sentido. Ellos dicen: «nosotros esperábamos que Él fuera a ser alguien». Esa es la frase de quien siente que su vida se rompió, y la verdad es que eso es algo muy actual. Hoy hablamos mucho de ansiedad, de depresión, de estrés y de tendencias desordenadas. Es bueno en el sentido de que ya no se oculta el dolor, pero a veces también pasa algo: tratamos el dolor sin preocuparnos por su sentido. No nos preguntamos para qué sirve; a veces esperamos que desaparezca, pero no buscamos su propósito. Perdemos la oportunidad de aprovechar ese dolor para que oriente nuestra vida.

Muchas veces ese dolor es como un síntoma. La fiebre es síntoma de que algo más pasa; no es simplemente fiebre, se produce cuando hay una infección o algo en el cuerpo que no funciona. La depresión, la ansiedad y el estrés también se producen, especialmente, como síntomas de algo más profundo que sucede. Por eso hay que intentar ir más allá, y Jesús nos ayuda en ese sentido.

Jesús se acerca a tu dolor. Él no te exige estar bien; no se aparece cuando los discípulos de Emaús están bien, sino cuando están mal. Camina con ellos, los escucha, permite que le cuenten. Jesús no minimiza su dolor, y esta es una clave de hoy: Dios no entra en tu vida cuando estás fuerte; Dios entra en tu vida cuando estás herido, cuando estás débil, cuando las cosas no funcionan. A veces hay que detenerse, porque esto lo cambia todo. Muchos de los que sufren ansiedad y depresión sienten: «no estoy bien para rezar», «no soy digno» o «Dios está lejos», pero el Evangelio nos muestra justo lo contrario: Jesús está caminando contigo incluso en tu oscuridad.

Jesús no solo consuela, sino que, sobre todo, da sentido. Después, ¿qué es lo que hace Jesús? Les explica las Escrituras y les ayuda a entender su dolor: «era necesario que el Hijo de Dios sufriera», «era necesario pasar por aquí». Es decir, les ayuda a entender el dolor porque el problema no es solo que sufran, sino que no encontraban sentido a lo que vivían. Aquí entra una verdad muy fuerte de hoy: la crisis mental también es una crisis de sentido. No basta con solo «sentirse mejor»; el corazón humano necesita saber para qué está aquí. «¿Para qué tengo este dolor? ¿Tiene algún valor lo que estoy pasando?».

Jesús responde a eso no eliminando la cruz, no quitando esa tendencia desordenada y tampoco absolutizando las cosas. No busca solo que se sientan mejor, sino que da paso a su inteligencia y les otorga sentido. Les explica las Escrituras para que entiendan por qué tenía que sufrir el Hijo del Hombre, y ellos terminan diciendo: «¿No ardía nuestro corazón?». Claro, porque Jesús los ilumina, les da esa razón. El dolor seguía ahí, no se solucionó de inmediato, pero empezaron a comprenderlo. Eso lo cambia todo.

No separes tu salud mental de tu vida espiritual; eso es un riesgo actual: vivir la salud mental y la dimensión espiritual como si fueran dos mundos separados sin conexión. Pero el ser humano es uno solo y, si dejamos fuera a Dios, sin darnos cuenta nos quedamos solos manejando los síntomas sin tocar el fondo del alma.

Por eso la Iglesia no dice que, cuando aparecen esos problemas, «solo reza», ni tampoco dice «solo terapia». Dice algo más: integra todo tu ser. Mente y corazón. Si necesitas terapia, ve a terapia; si necesitas medicamentos, tómalos; pero no abandones a Dios, porque ahí hay una luz que en ningún otro lugar puedes conseguir.

Hay que tener mucho cuidado porque hay algunos falsos profetas que complican más las cosas: las constelaciones familiares, las cartas, la angeología... Todas estas cosas hacen que el camino sea más difícil porque engañan; intentan ofrecerte una integración de alma y mente, pero al final actúan de forma negativa.

Jesús se deja encontrar en la Eucaristía, y ese es el momento clave. Ahí lo reconocen. No basta con entender la vida, debemos encontrarnos con Alguien, y ese encuentro sucede de manera única en la Eucaristía. Ahí Cristo no solo nos explica el dolor, sino que se entrega por medio del dolor. Por eso, incluso si estás en un momento muy oscuro, no te alejes de la misa ni de la Eucaristía, aunque no sientas nada. No es un tema de sentir; fíjate que los discípulos de Emaús al principio no sentían nada, pero Él estaba ahí.

Hay que pasar del aislamiento a la comunión. Finalmente, los discípulos vuelven. Antes se alejaban de Jerusalén huyendo de la comunidad y de la Iglesia (donde estaban los once, pues Judas ya se había suicidado). Estaban huyendo, pero cuando reconocen a Cristo al partir el pan, regresan. El sufrimiento a veces nos hace aislarnos y esa es una de las grandes heridas: cada uno sufre solo, cada uno lucha solo. Pero el Evangelio nos muestra otro camino: el dolor se sana en comunidad y en camino con Cristo.

Hoy Jesús hace lo mismo que en Emaús: se acerca a tu historia, entra en tu dolor, ilumina tu confusión y se queda contigo en la Eucaristía. Hoy puedes llevarle en tu corazón. Tu vida tiene sentido y tu dolor también, no porque el dolor en sí sea bueno, sino porque Dios puede entrar en él y transformarlo desde dentro. Aunque hoy no lo veas ni lo sientas, Jesús está caminando contigo.

Vamos a pedirle al Señor que, cuando tengamos en nuestra familia personas que sufran de problemas mentales o tendencias desordenadas, sepamos caminar junto a ellos y enseñarles que Cristo también va con ellos. Así, ese dolor tendrá sentido y reconoceremos a Jesús al partir el pan.

Pregunta para llevar a la oración

  • Señor, ¿qué dolor, herida o confusión de mi vida necesito dejar que Tú ilumines y acompañes, en vez de vivirlo solo y sin sentido?

Compromiso

  • Esta semana voy a llevar concretamente mi dolor a Jesús: haré un momento de oración sincera delante del Señor en la Eucaristía y evitaré aislarme, buscando también apoyo en una persona de fe o de confianza.